LLIBRE. “Anatomía de un instante” de Javier Cercas (2009), sobre el 23-F de 1981 i l’actual democràcia espanyola

(Actualitzat 24/03/2014)

Editorial Random House Mondadori, Barcelona

463 pàgines, amb índex, bibliografia i notes al final.

VÍDEO DE L’INSTANT

Abans que res, un vídeo. Dura 21 segons. Tejero i els guàrdies civils entren al Congrés dels Diputats. Es veu un poc borrós, però és l’instant, quan Suárez permaneix assegut, només un puntet a l’extrem dels bancs de color blau, els que estan reservats per als membres del govern, entre els segons 10 i 13. L’instant.

23 de febrer de 1981, a les 18.23 h, Congrés dels Diputats, Madrid.

Enllaç al vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=YSemfaM3Odg

RESSENYA

“Anatomia de un instante” parteix de l’instant en que Adolfo Suárez, el president del govern que fou la principal cara visible de la Transició espanyola, es queda assegut mentre els colpistes disparen les seues armes dins de l’hemicicle del Congrés dels Diputats. En la xuleria, o temeritat, només el van seguir el general Gutiérrez Mellado, mà dreta de Suárez, i Santiago Carrillo, el líder del Partit Comunista. Per què no es tirar a terra com la resta de diputats? Què va pensar? Com es van encadenar els esdeveniments fins a eixe instant? Aquestes són algunes de les preguntes que l’autor es planteja i que tracta de respondre en aquest llibre, que justament per això és alguna cosa més que una aportació més a la prolífica literatura de la Transició i de l’intent de colp d’estat del 23-F.

A mi m’ha resultat un llibre estrany, un llibre que m’ha agradat molt, de vegades molt repetitiu, i també amb colps d’efecte i simetries inesperades molt suggeridores.

Enmig de l’intent de colp d’Estat del 23-F de 1981 el llibre destaca a tres “herois”: Adolfo Suárez, al general Gutiérrez Mellado i a Santiago Carrillo, en l’instant que es van quedar plantats davant dels militars mentre la resta de diputats es tiraven a terra. Finalment l’actuació de la monarquia va fer fracassar aquest intent de colp d’estat i així el rei va quedar legitimat per a la democràcia (recordem era un rei posat pel franquisme). La paradoxa final d’aquesta història és que Suárez no sap que és Suárez, i tots parlem d’ell com si estiguera mort. I el règim del 78, passats els anys, vistes les mancances de la falsa ruptura, està més qüestionat que mai.

Respecte a l’autor: Javier Cercas (Ibahernando, Càceres, 1962) és professor de literatura a la Universitat de Girona. Es va fer famós amb la seua novel·la Soldados de Salamina, la qual va portar al cinema David Trueba, sobre un jove heroi que va fer el que havia de fer als moments finals de la Guerra Civil espanyola. Amb Anatomía de un instante va tornar als èxits de vendes l’any 2009. Per casualitat eixe any, a la diada de Sant Jordi, a Barcelona, el vaig veure en una caseta firmant.

Reproduisc unes cites que considere interessants.

MÉS MATERIALS

– Enllaç a l’esquema de la Transició espanyola (1975-1982)

– Enllaç a l’esquema de la Democràcia espanyola (1982-…)

Article sobre la Història d’Espanya: Demasiados retrocesos, per Josep Fontana

– Enllaç a constitucionalisme espanyol (1808-1978)

– Vídeos: ““Puc prometre i prometo”: Adolfo Suárez, en 6 vídeos”, ara.cat, 21/03/2014.

– Article: “Adolfo Suárez en la historia de la transición de la dictadura a la democracia“, per Julián Casanova Ruiz, 23/03/2014, molt recomanable (enllaç pdf  –  enllaç doc)

ÍNDEX DE CITES

  1. Cultura del colp d’Estat i del militarisme a Espanya. Pàgines 40-41
  2. Unión de Centro Democrático (UCD). Pàgines 67-68
  3. Context internacional de la Transició. Pàgines 74-76
  4. Tots contra Suárez. Pàgines 77-78
  5. Transició, pacte de l’oblit o del record? Pàgines 108-109
  6. Suárez, maldestre amb la democràcia. Pàgina 134
  7. Responsabilitat del rei respecte del colp d’Estat. Pàgines 139 i següents
  8. Paral·lelismes entre Suárez i Carrillo. Pàgines 184-185
  9. Suárez, fermesa davant els militars. Pàgines 335-336
  10. L’ímpetu reformador de Suárez. Pàgines 364-365
  11. La capacitat de persuadir de Suárez i l’aprovació de la Llei de Reforma Política (18-nov-1976). Pàgines 365-369
  12. El llarg i cruel final de Suárez. Págines 398-400
  13. Judici als colpistes. Pàgines 418-419
  14. Reforçament de la monarquia gràcies al colp d’Estat del 23-F. Pàgines 426-428
  15. L’instant, la imatge. Pàgina 428
  16. Una democràcia vertadera: el trencament amb el franquisme. Pàgines 432-434


CITES

1. CULTURA DEL COLP D’ESTAT I DEL MILITARISME A ESPANYA. Pàgines 40-41

“Mucho tiempo después de que Suárez abandonar el poder un periodista le preguntó en qé momento había empezado a sospchar que podía producirse un golpe de estado. “En el momento en que tuve uso de razón presidencial”, contestó Suárez. No mentía. Menos que un accidente de la historia, en España el golpe de estado es un rito vernáculo: todos los experimentos democráticos han terminado en España con golpes de estado, y en los últimos dos siglos se han producido más de cincuenta; el último había tenido lugar en 1936, cinco años después de instaurada la República; en 1981 se cumplían tambíen cinco años desde el arranque del proceso democrático […]. La frase más famosa de la transición desde la dictadura a la democracia (“Todo está atado y bien atado”) no la pronunció ninguno de los protagonistas de la transición; la pronunció Franco […]. Todo el mundo recuerda esa frase pronunciada el 30 de diciembre de 1969 en el discurso de fin de año, y todo el mundo la interpreta como lo que es: una garantía extendida por el dictador a sus fieles de que después de su muerte todo continuaría exacatamente igual que antes de su muerte o de que, como dijo el intelectual falangista Jesús Fueyo, “después de Franco, las Instituciones”. […] Era una orden: tras su muerte, la misión del ejército consistía en preservar el franquismo.”

2. UNIÓN DE CENTRO DEMOCRÁTICO. Pàgines 67-68

“Pero quien sobre todo conspira contra Suárez (quien Suárez siente sobre todo que conspira contra él) es su propio partido: Unión de Centro Democrático. La palabra partido es inexacta; en realidad, UCD no es un partido sino un cóctel laborioso de grupos de ideologías dispares –desde los liberales y democristianos a los socialdemócratas, pasando por los llamados azules, procedentes como Suárez de las entrañas mismas del aparato franquista-, un sello electoral improvisado en la primavera de 1977 para concurrir a los primeros comicios libres en cuarenta años con el reclamo de Adolfo Suárez, quien según la previsión unánime los ganará gracias al éxito de su trayectoria como presidente el gobierno, durante la que ha conseguido desarmar en menos de un año el armazón institucional del franquismo y convocar las primeras elecciones democráticas. Finalmente los pronósticos se cumplen, Suárez consigue la victoria y a lo largo de los dos años siguientes UCD permanece unida por el pegamento del poder, por el liderazgo indiscutido de Suárez y por la urgencia histórica de construir un sistema de libertades. La primavera de 1979 conoce el momento estelar de Suárez, la cima de su dominio y también el de su partido: en diciembre [de 1978] se ha aprobado la Constitución, en marzo ha ganado sus segundas elecciones generales, en abril sus primeras municipales, el edificio del nuevo estado parece a punto de rematarse con la tramitación de los estatutos de autonomía de Cataluña y el País Vasco; justo en ese momento de plenitud, sin embargo, Suárez empieza a sumirse en una suerte de letargia de la que ya no saldrá hasta abandonar la presidencia, y su partido a resquebrajarse sin remedio. El fenómeno es extraño, pero no inexplicable, sólo que no tienen una única explicación, sino varias. Adelanto dos: una es política y es que Suárez, que ha sabido hacer lo más difícil, es incapaz de hacer lo más fácil; otra es personal y es que Suárez, que hasta entonces parece un político de acero, se derrumba psicológicamente. Añado una tercera explicación, a la vez política y personal: los celos, las rivalidades y las discrepacias que germinan en el seno del partido.”

3. CONTEXT INTERNACIONAL DE LA TRANSICIÓ. Pàgines 74-76

“[…] desde que llegó al poder Suárez [julio de 1976] ha hecho lo contrario de lo que ha hecho el mundo: mientras él intentaba desesperadamente girar a la izquierda, el mundo giraba tranquilamente a la derecha.

[…] en esos cuatro años las cosas han cambiado de forma radical [1976-1980], y no sólo para Estados Unidos: en octubre de 1978 Karol Wojtila ha sido elegido Papa de la Iglesia católica; en mayo de 1979 Margaret Thatcher ha sido elegida primera ministra del Reino Unido; en noviembre de 1980 Ronald Reagan ha sido elegido presidente de Estados Unidos. Se extiende por Occidente una revolución conservadora y, a fin de terminar con la Unión Soviética mediante un anillo de presiones concéntricas, Reagan lanza la carrera armamentística y caldea la guerra fría. Dadas esas circunstancias si hay algo que no quiere Washington son transtornos al sur de Europa: en septiembre apoyó con éxito un golpe militar en Turquía, y ahora alberga el temor de que la fragilidad de aquel Suárez inclinado hacia la izquierda y acosado por la crisis política y económica y por un partido socialista cada vez más fuerte, termine propiciando una revolución semejante a la portuguesa de 1974. De forma que cuando en los meses previos al 23 de febrero la embajada norteamericana en Madrid y la estación de la CIA empiezan a recibir noticias de la inminencia de un golpe de bisturí o de timón en la democracia española, su reacción, más que favorable, es entusiasta, en particular la de su embajador Terence Todman, un diplomático ultraderechista que años atrás, como encargado de la política norteamericanas en América Latina, apoyó a fondo las dictaduras latinoamericanas. […]

Hay hechos que demuestran sin lugar a dudas que el gobierno norteamericano estuvo informado del golpe antes de que ocurriera: desde el día 20 de febrero las bases militares de Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza se hallaban es estado de alerta y buques de la VI Flota fueron situados en las cercanías del litoral mediterráneo, y a lo largo de la tardey la noche del día 23 un avión AWACS de inteligencia electrónica perteneciente al 86 Escuadrón de Comunicaciones desplegado en la base alemana de Ramstein sobrevoló la península con objeto de controlar el espacio radioeléctrico español. Estos detalles no se conocieron sino días o semanas o meses más tarde, pero en la misma noche del 23 de febrero, cuando el secretario de estado norteamericano, el general Alexander Haig, despachó una pregunta sobre lo que estaba sucediendo en España sin una palabra de condena del asalto al Congreso ni una palabra en favor de la democracia –el intento de golpe de estado no pasaba de ser para él “un asunto interno”-, nadie dejó de entender lo único que podía entenderse: que Estados Unidos aprobaba el golpe y que, si éste acababa triunfando, el gobierno norteamericano sería el primero en celebrarlo.”

4. TOTS CONTRA SUÁREZ. Pàgines 77-78

“Así que en los últimos días de 1980 y los primeros de 1981 la realidad en pleno parece conspirar contra Adolfo Suárez (o Adolfo Suárez siente que la realidad en plen o conspira contra él): los periodistas, los empresarios, los financieros, los políticos de derecha, de centro y de izquierda, Roma y Washington. Lo hacen incluso algunos líderes comunistas, que se manifiestan en público o en privado a favor de un gobierno de concentración presidido por un militar. Lo hacen incluso los líderes de los principales sindicatos, que hablan de situaciones límite, de situaciones de emergencia, de crisis no de gobierno sino de estado. Lo hace incluso el Rey, que intenta a su modo librarse de Suárez y que espolea a unos y a otros contra él.

Con todos esos materiales se fabricó el golpe: las maniobras políticas contra Adolfo Suárez fueron el humus del golpe […]

En cuanto al propio Suárez, era desde luego un político puro, […] quizá nunca Suárez encarnó de verdad la democracia hasto los días previos al golpe, y quizá nunca la encarnó con plenitud hasta la tarde del 23 de febrero, mientras sentado en su escaño de presidente zumbaban a su alrededor las balas en el hemiciclo del Congreso, porque nunca como en aquel instante pelear por sí mismo y por mantenerse en el poder equivalió con tanta precisión a pelear por la democracia.”

5. LA TRANSICIÓ, PACTE DE L’OBLIT O DEL RECORD? Pàgines 108-109

“Un cliché historiográfico afirma que el cambio de la dictadura a la democracia en España fue posible gracias a un pacto de olvido. Es mentira; o, lo que es lo mismo, es una verdad fragmentaria, que sólo empieza a completarse con el cliché opuesto: el cambio de la dictadura a la democracia en España fue posible gracias a un pacto de recuerdo. Hablando en general, la transición […] consistió en un pacto mediante el cual los vencidos de la guerra civil renunciaron a ajustar cuentas por lo ocurrido durante cuarenta y tres años de guerra y dictadura, mientras que, en contrapartida, tras cuarenta y tres años ajustándoles las cuentas a los vencidos los vencedores aceptaban la creación de un sistema político que acogiese a unos y a otros y que fuese en lo esencial idéntico al sistema derrotado en la guerra. Ese pacto no incluía olvidar el pasado: incluía aparcarlo, soslayarlo, darlo de lado; incluía renunciar a usarlo políticamente, pero no incluía olvidarlo. […] Desde el punto de vista político –incluso desde el punto de vista de la ética política-, el pacto fue un acierto, porque su resultado fue una victoria política de los vencidos, que restauraron un sistema en lo esencial idéntico a aquel que habían defendido en la guerra (aunque uno se llamase república y el otro monarquía, ambos eran democracias parlamentarias), y porque quizá el error moral hubiese sido intentar ajustar las cuentas a quienes habían cometido el error de ajustas las cuentas, añadiendo el oprobio al oprobio: eso es al menos lo que pensaron los políticos que hicieron la transición, como si todos hubieran leído a Max Weber y pensaran como él que no hay nada éticamente más abyecto que practicar una ética espuria que sólo busca tener razón, una ética que, “en lugar de preocuparse de lo que realmente corresponde al político, el futuro y la responsabilidad frente a él, se pierde en cuestiones, por insolubles políticamente estériles, sobre cuáles han sido las culpas en el pasado”, […]. En cualquier caso, si los políticos de la transición pudieron cumplir el pacto que ésta implicaba, renunciando a usar el pasado en el combate político, no fue porque se hubieran olvidado de él, sino porque lo recordaban muy bien: porque lo recordaban y porque decidieron que era indigno y abyecto ajustar cuentas con el pasado para tener razón a riesgo de mutilar el futuro, tal vez de volver a sumergir el país en una nueva guerra civil. Durante la transición poca gente olvidó en España, y el recuerdo de la guerra estuvo más presente que nunca en la memoria de la clase política y de la ciudadanía.”

6. SUÁREZ, MALDESTRE AMB LA DEMOCRACIA. Pàgina 134

“En septiembre de 1979, cuando estaba en la cima de su poder y su prestigio, Suárez era ya íntimamente un político acabado. […] Para Suárez lo más difícil era lo más fácil y lo más fácil era lo más difícil. No es sólo un juego de palabras: aunque no había creado el franquismo, Suárez había crecido en él, conocía a la prefección sus reglas y las manejaba con maestría (por eso pudo terminar con el franquismo fingiendo que solo cambiaba sus reglas); en cambio, aunque había creado la democracia y establecido sus reglas, Suárez se manejaba en ella con dificultad, porque sus hábitos, su talento y su temperamento no estaban hechos para lo que había construido, sino para lo que había destruido. […] Como no sabía usar las reglas de la democracia y sólo sabía ejercer el poder como se ejerce en una dictadura, ignoraba al Parlamento, ignoraba a sus ministros, ignoraba a su partido. En el nuevo juego que había creado sus virtudes se convirtieron rápidamente en defectos –su desparpajo se convirtió en ignorancia, su osadía en temeridad, su aplomo en frialdad-, y el resultado fue que en muy poco tiempo Suárez dejó de ser el político brillante y resuelto que había sido durante sus primerso años de gobierno […] para convertirse en un político torpe, opaco y dubitativo, extraviado en una realidad que no entendía e incapacitado para manejar una crisi que su mal gobierno no hacía más que ahondar. Unidas a los celos, las rencillas y la avaricia de poder de la clase dirigente, estas carencias desataron desde el verano de 1980 la conspiración generalizada contra él que acabó propiciando el golpe.”

7. RESPONSABILITAT DEL REI RESPECTE AL COLP D’ESTAT. Pàgines 139 i següents

“El golpe definitivo se lo dio el Rey. Quizá era el único que podía dárselo: el Rey le había entregado el poder a Suarez y quizá solo el Rey se lo podía arrebatar; lo hizo: le arrebató el poder, o como mínimo no escatimó esfuerzos para que Suárez lo entregara. Esto significa que, igual que gran parte de la clase política española, en el otoño y el invierno de 1980 el Rey también conspiraba a su modo contra el presidente del gobierno.

– Pàg. 144: “A ver si me quitáis a éste de encima –le oyeron decir en el otoño y el invierno de 1980, refiriéndose a Suárez, numerosos visitantes de la Zarzuela-. Porque con éste vamos a la ruina.

– Pàg. 145: Suárez lo sabía. Sabía que el Rey ya no estaba con él. […] En otoño de 1980 Suárez sabía que el Rey lo consideraba el principal responsable de la crisis y que albergaba serias dudas sobre su capacidad para resolverla, pero no sabía (o no quería admitir que sabía) que el Rey abominaba de él cada vez que hablaba con un político, con un militar o con un empresario; Suárez también sabía que su relación con el Rey era mala, pero no sabía (o no quería admitir que sabía) que el Rey había perdido la confianza en él y que exhortaba a que sus adversarios lo echasen del poder.

– Pág. 147: Suárez les dijo a sus más allegados que abandonaba la presidencia del gobierno. El día 27 [de enero de 1981] se lo dijo al Rey en su despacho de la Zarzuela. El Rey no fingió: no le pidió que le explicara las razones de su dimisión, no hizo el menor amago protocolario de rechazarla ni le preguntó protocolariamente si la había meditado bien, tampoco tuvo una palabra de gratitud para el presidente que le había ayudado a conservar la Corona; se limitó a llamar a su secretario, el general Sabino Fernández Campo, y a decirle en cuanto entró en el despacho, mirándole a él pero señalando a Suárez con un dedo sin caridad: Éste se va.”

8. PARAL·LELISMES ENTRE SUÁREZ I CARRILLO. Pàgines 184-185

“La historia fabrica extrañas figuras, se resigna con frecuencia al sentimentalismo y no desdeña las simetrías de la ficción, igual que si quisiera dotarse de un sentido que por sí misma no posee. ¿Quién hubiera podido prever que el cambio de la dictadura a la democracia en españa no lo urdirían los partidos democráticos, sino los falangistas y los comunistas, enemigos irreconciliables de la democracia y enemigos irreconciliables entre sí durante tres años de guerra y cuarente de posguerra? ¿Quién hubiera pronosticado que el secretario general del partido comunista en el exilio se erigiría en el aliado político más fiel del último secretario general del Movimiento, el partido único fascista? […] Nadie lo hizo, pero quizá no era imposible hacerlo: por una parte, porque sólo los enemigos irreconciliables podían reconciliar la España irreconciliable de Franco; por otra, porque a diferencia de Gutiérrez Mellado y Adolfo Suárez, que eran profundamente distintos pese a sus parecidos superficiales, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez eran profundamente parecidos pese a sus superficiales diferencias. Ambos eran dos políticos puros, más que dos profesionales de la política dos profesionales del poder, porque ninguno de los dos concebía la política sin poder o porque ambos actuaban como si la política fuera al poder lo que la gravedad a la tierra; ambos eran burócratas que habían prosperado en la inflexible jerarquía de organizaciones políticas regidos con métodos totalitarios e inspiradas por ideologías totalitarias, ambos eran demócratas conversos, tardíos y un poco a la fuerza; ambos estaban acostumbrados a mandar: Suárez había ocupado su primer cargo político en 1955, con veintitrés años, y a partir de entonces había subido paso a paso todos los peldaños del Movimiento hasta alcanzar su cima y convertirse en presidente del gobierno; Carrillo llevaba más de tres décadas dominando el partido comunista con la autoridad de un sumo sacerdote de una religión clandestina, pero antes de cumplir los veinte años dirigía las juventudes socialistas, con apenas veintiuno se había hecho cargo de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid en uno de los momentos más apremiantes de la guerra, con veintidós se había integrado en el Buró Político del PCE y en adelante no había dejado de acaparar puestos de responsabilidad en el partido y en la Internacional Comunista. Los paralelismos no terminan ahí: ambos cultivaban una visión personalista de la política, épica y estética a la vez, como si, antes que el trabajo lento, colectivo y laborioso de doblegar la resistencia de lo real, la política fuese una aventura solitaria punteada de episodios dramáticos y decisiones intrépidas; ambos se habían educado en la calle, carecían de formación universitaria y desconfiaban de los intelectuales, ambos eran tan correosos que casi siempre se sintieron invulnerables a las inclemencias de su oficio y ambos poseían una ambición sin complejos, una ilimitada confianza en sí mismos, una cambiante falta de escrúpulos y un talento reconocido para el juego de manos político y para la conversión de sus derrotas en victorias. Breve: en el fondo parecían dos políticos gemelos.”

9. SUÁREZ, FERMESA DAVANT ELS MILITARS. Pàgines 335-336

“Suárez no fue un buen presidente del gobierno durante sus dos últimos años en el poder, cuando la democracia parecía empezar a estabilizarse en España, pero quizá era el mejor presidente con que afrontar un golpe de estado, porque ningún político español del momento sabía manejarse mejor que él en circunstancias extremas ni poseía su sentido dramático, su fe de converso en el valor de la democracia, su concepto mitificado de la dignidad de un presidente de gobierno, su conocimiento del ejército y su valentía para oponerse a los militares rebeldes. “Es preciso dejar muy claro que en España no existe un poder civil y un poder militar –escribió Suárez en junio de 1982, en un artículo donde protestaba por la benevolencia de las condenas impuestas a los procesados por el 23 de febrero-. El poder es sólo civil.” Ésa fue una sus obsesiones durante sus cinco años al frente del gobierno: él era el presidente del país y la única obligación de los militares consistía en obedecer sus órdenes. Hasta el último instante de su mandato consiguió que le obedecieran, hasta el último instante de su mandato creyó haber sometido a los militares, pero justo en el último instante de su mandato el 23 de febrero desbarató esa creencia; quizá le faltó mano izquierda para someterlos, o quizá era imposible someterlos. En todo caso, Suárez no ignoraba cómo usar su mano izquierda, pero no siempre consideraba que debiera usarla con los militares, y desde el mismo día en que se convirtió en presidente y sobre todo a medida que fue afianzándose en el cargo tendió a recordarles sin más sus obligaciones con órdenes o desplantes: por eso le gustaba bajarles los humos a los generales haciéndoles esperar a la puerta de su despacho y vacilaba en encararse con cualquier militar que pusiera en entredicho su autoridad o le faltara al respeto (o le amenazara: en septiembre de 1976, durante una violentísima discusión en el despacho de Suárez, que acababa de aceptar o de exigir su dimisión como vicepresidente del gobierno, el general De Santiago le dijo: “Te recuerdo, presidente, que en este país ha habido más de un golpe de estado”. “Y yo te recuerdo, general –le contestó Suárez-, que en este país sigue existiendo la pena de muerte”); por eso tuvo el valor de tomar decisiones vitales como la legalización del partido comunista sin contar con la aprobación del ejército y contra su parecer casi unánime; y por eso el anecdotario del 23 de febrero rebosa de ejemplos de su tajante negativa a dejarse amedrentar por los rebeldes o a ceder un solo centímetro de su poder de presidente del gobierno.”

10. L’ÍMPETU REFORMADOR DE SUÁREZ. Pàgines 364-365

Maquiavelo recomienda al político “mantener en suspenso y asombrados los ánimos de sus súbditos”, encadenando sus acciones con objeto de no conceder a sus adversarios “espacio para poder urdir algo tranquilamente contra él”. Tal vez Suárez no había leído a Maquiavelo, pero siguió a rajatabla su consejo, y en cuanto fue nombrado presidente del gobierno empezó a correr un sprint de golpes de efecto con tal rapidez y seguridad en sí mismo que nadie encontró razones, recursos o ánimos con que frenarlo: al día siguiente de su toma de posesión leyó un mensaje televisado en que, con un lenguaje, un tono y unas formas de político incompatible con el andrajoso almidón del franquismo, prometía concordia y reconciliación a través de una democracia en al que los gobiernos fueran “el resultado de la voluntad de la mayoría de los españoles”, y al otro día formó con la ayuda de su vicepresidente Alfonso Osorio un gabinete jovencísimo compuesto por falangistas y por democristianos bien relacionados con la oposición democrática y con los poderes económicos; un día presentaba una declaración programática casi rupturista en la que el gobierno se comprometía a “la devolución de la soberanía al pueblo español” y anunciaba elecciones generales antes del 30 de junio del año próximo, al día siguiente reformaba por decreto el Código Penal que impedía la legalización de los partidos y al día siguiente decretaba una amnistía para los delitos políticos; un día declaraba la cooficialidad de la lengua catalana proscrita hasta entonces y al día siguiente declaraba legal la proscrita bandera vasca; un día anunciaba una ley que autorizaba a derogar las Leyes Fundamentales del franquismo y al día siguiente conseguía que la aceptasen las Cortes franquistas y al día siguiente convocaba un referéndum para aprobarla y al día siguiente lo ganaba; un día suprimía por decreto el Movimiento Nacional y al día siguiente ordenaba retirar de noche y a escondidas los símbolos falangistas de las fachadas de todos los edificios del Movimiento y al día siguiente legalizaba por sorpresa el partido comunista y al día siguiente convocaba las primeras elecciones libres en cuarenta años. Ésa fue su forma de proceder durante su primer gobierno de once meses: tomaba una decisión inusitada y, cuando el país todavía intentaba asimilarla, tomaba otra decisión más inusitada, y luego otra más inusitada todavía, y luego otra más; improvisaba constantemente; arrastraba a los acontecimientos, pero también se dejaba arrastrar por ellos; no daba tiempo para reaccionar, ni para urdir algo contra él, ni para advertir la disparidad entre lo que hacía y lo que decía, ni siquiera para asombrarse, o no más del que se daba a sí mismo: casi lo único que podían hacer sus adversarios era mantenerse en suspenso, intentar entender lo que hacía y tratar de no perder el paso.”

11. LA CAPACITAT DE PERSUADIR DE SUÁREZ I L’APROVACIÓ DE LA LLEI PER A LA REFORMA POLÍTICA (18-nov-1976). Pàgines 365-369

“Al principio de su mandato su objetivo principal fue convencer a los franquistas y a la oposición democrática de que la reforma que iba a llevar a cabo era el único modo de que ambos consiguieran sus opuestos propósitos. A los franquistas les aseguraba que había que renunciar a ciertos elementos del franquismo con el fin de asegurar la perduración del franquismo; a la oposición democrática le aseguraba que había que renunciar a ciertos elementos de la ruptura con el franquismo con el fin de asegurar la ruptura del franquismo [nota: com la bandera bicolor o la monarquia]. Para sorpresa de todos, los convenció a todos. Primero convenció a los franquistas y, cuando los hubo convencido, convenció a la oposición: a los franquistas los engañó por completo; a la oposición no, o no del todo, o no más de lo que se engañó a sí mismo, pero la manejó a su antojo, la obligó a jugar en el terreno y con las reglas que él eligió y diseñó y, una vez que le hubo ganado la partida, la puso a trabajar a su servicio. […] A los franquistas les decía. Hay que ceder poder para ganar legitimidad y conservar el poder; a la oposición democrática le decía: Yo tengo el poder y vosotros la legitimidad: tenemos que entendernos. Todos escuchaban de Suárez lo que necesitaban escuchar y dos salían de aquellas entrevistas encantados de su bonhomía, de su modestia, de su seriedad y su porosidad, de sus intenciones excelentes y su voluntad de convertirlas en hechos. […]

Fue así como a lo largo de aquel primer año escaso de gobierno Suárez construyó los fundamentos de una democracia con los materiales de una dictadura a base de realizar con éxito operaciones insólitas, la más insólita de las cuales –y acaso la más esencial- suponía la liquidación del franquismo a manos de los propios franquistas. […] La España de Franco estaba regida por un conjunto de Leyes Fundamentales que, según el propio dictador había recalcado con profusión, eran perfectas y ofrecían soluciones perfectas para cualquier eventualidad; ahora bien, las Leyes Fundamentales sólo podían ser perfectas si podían ser modificadas –de lo contrario no hubiesen sido perfectas, porque no hubieran sido capaces de adaptarse a cualquier eventualidad-: el plan concebido por Fernández Miranda y desplegado por Suárez consistió en elaborar una nueva Ley Fundamental, la llamada Ley para la Reforma Política, que se sumase a las demás, modificándolas en apariencia aunque en el fondo las derogase o autorizase a derogarlas, lo que permitiría cambiar un régimen dictatorial por un régimen democrático respetando los procedimientos jurídicos de aquel. La argucia era brillante, pero necesitaba ser aprobada por las Cortes franquistas en un inaudito ejercicio de inmolación colectiva; su puesta en práctica fue vertiginosa: a finales de agosto de 1976 ya estaba listo un borrador de la ley, a principios de septiembre Suárez la anunciaba por televisión y durante los dos meses posteriores se lanzó a una batalla en todos los frentes para convencer a los representantes franquistas de que aceptaran su suicidio. […] Por fin, el 18 de noviembre, después de tres días consecutivos de debates y no sin que en más de un momento pareciera que todo se iba al traste, la ley se votó en las Cortes; el resultado fue inequívoco: 425 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones. La reforma quedaba aprobada. […]

Fue un pase de magia espectacular, y el mayor éxito de su vida. En España la oposición democrática se frotaba los ojos; fuera de España la incredulidad era total: “Asombrosa victoria de Adolfo Suárez”, titulaba The New York Times; “Las Cortes nombradas por el dictador han enterrado el franquismo”, titulaba Le Monde. Pocos días después, sin concederse un instante de tregua ni permitir que sus adversarios salieran del estupor, convocó un referéndum sobre la ley recién aprobada; se celebró el 15 de diciembre y lo ganó con casi un 80 por ciento de participación y casi un 95 por ciento de votos afirmativos.”

12. EL LLARG I CRUEL FINAL DE SUÁREZ. Págines 398-400.

“En mayo de 2001 murió su mujer; tres años más tarde murió su hija. Para entonces su mente había abdicado y el estaba en otro lugar, lejos de sí mismo. La enfermedad [el Alzheimer] había empezado a insinuarse mucho antes, llevándolo y trayéndolo de la memoria al olvido, pero hacia el año 2003 su deterioro era ya inocultable. De esa época data su último discurso político, aunque no fuera exactamente un discurso político […]. El partido de la derecha le había ofrecido a su hijo Adolfo encabezar la candidatura a la presidencia de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. […] El 3 de mayo ambos dieron un mitin en Albacete. […] No habla de política; habla de su hijo, menciona el hecho de que ha estudiado en Harvard y luego se detiene el seco. “Dios mío –dice, sonriendo apenas y revolviendo los papeles que ha preparado-. Creo que me he hecho un lío de mil demonios.” […] “Tengo un lío de mil demonios con los papeles”, repite. Arranca la música, la gente se levanta para tapar sus balbuceos con aplausos, él se olvida de los papeles e intenta improvisar una despedida, pero lo único que en medio del bullicio se le oye decir es la frase siguiente: “Mi hijo no os defraudará”.

Fueron las últimas palabras que pronunció en público. Ahí acabó todo. Luego, durante algunos años, desapareció, encerrado en su casa de La Florida, y fue como si se hubiera muerto. De hecho, todo el mundo empezó a hablar de él como si estuviera muerto. Yo mismo he escrito este libro como si estuviera muerto. Un día, sin embargo, volvió a aparecer: fue el 18 de julio de 2008. Esa mañana todos los periódicos españoles reprodujeron en portada su última fotografía. La había tomado su hijo Adolfo el día anterior, y en ella Suárez aparece acompañado por el Rey en el jardín de la casa de La Florida. Los dos hombres están de espaldas, caminando bajo el sol por un césped recién segado hacia una arboleda frondosa. […] La fotografía captura un momento de una visita del Rey a Suárez para entregarle el collar de la Orden del Toisón de Oro, la máxima distinción que concede la Casa Real española; según las crónicas, el Rey también se lo ha concedido a otras figuras trascendentales en el pasado reciente de España –entre ellas el Gran Duque Juan I de Luxemburgo, Beatriz I de los Países Bajos o Margarita II de Dinamarca-, aunque al chisgarabís que le ayudó como nadie a conservar la Corona sólo se la concedió hace poco más de un año [8 de junio de 2007], y hasta ese día [17 de julio de 2008] no ha tenido tiempo de entregársela. La gratitud de la patria.”

13. JUDICI ALS COLPISTES (1982). Pàgines 418-419

“Durante la vista oral los principales protagonistas del golpe se comportaron com lo que eran: Tejero, como un patán embrutecido de buena conciencia; Milans, como un filibustero uniformado y desafiante; Armada, como un cortesano millonario en dobleces: aislado, despreciado e insultado por casi todos sus compañeros de banquillo, que exigían que delatase al Rey o reconociera que había mentido, Armada por un lado rechazaba la implicación del monarca, pero por otro la insinuaba con sus proclamas de lealtad a la Corona y aún más con sus silencios, que sugerían que callaba para proteger al Rey […].

Por fin, el día 3 de junio [de 1982], el tribunal emitió su fallo: Tejero y Milans fueron condenados a treinta años de cárcel –la pena máxima-, pero a Armada sólo le cayeron seis, como a Torres Rojas y Pardo Zancada, y todos los demás jefes y oficiales se libraron con penas de entre uno y cinco años […]. No era una condena indulgente, sino casi una invitación a repetir el golpe, y el gobierno la recurrió ante los magistrados civiles del Tribunal Supremo. Menos de un año más tarde el último tribunal dictó la sentencia definitiva; la mayoría de los procesados vio por lo menos duplicada su condena: Armada pasó de seis años a treinta, Torres Rojas y Pardo Zancada de seis a doce, […] e incluso los tenientes que asaltaron el Congreso y habían sido declarados inocentes por el primer tribunal fueron también condenados.”

14. REFORÇAMENT DE LA MONARQUIA GRÀCIES AL COLP D’ESTAT DEL 23-F. Pàgines 426-428

“El poder del Rey provenía de Franco, y su legitimidad del hecho de haber renunciado a los poderes o a parte de los poderes de Franco para cedérselos a la soberanía popular y convertirse en un monarca constitucional; pero ésa era una legitimidad precaria, que le restaba poder efectivo al Rey y lo dejaba expuesto al albur de los vaivenes de una historia que había expulsado del trono a muchos de los que lo precedieron a él. El golpe de estado blindó a la Corona: actuando al margen de la Constitución, usando la última baza del poder de un Rey sin poder –la que tenía como jefe simbólico del ejército y heredero de Franco-, el Rey paró el golpe y se convirtió en el salvador de la democracia, lo que colmó de legitimidad a la monarquía y la convirtió en la institución más sólida, más apreciada, más popular, más resguardada contra la crítica y, en el fondo, más poderosa del país. […]

El golpe fracasó por completo y fue su completo fracaso lo que convirtió el sistema democrático bajo la forma de la monarquía parlamentaria en el único sistema de gobierno verosímil en España, y por eso quizá el posible decir también que, igual que hubiera querido insinuar que la violencia es la cantera de la historia, la materia de la que está hecha, y que únicamente un acto de guerra puede revocar otro acto de guerra –igual que si hubiera querido insinuar que únicamente un golpe de estado puede revocar otro golpe de estado, que únicamente un golpe de estado podía revocar el golpe de estado que el 18 de julio del 36 engendró la guerra y la prolongación de la guerra por otros medios que fue el franquismo-, el 23 de febrero no sólo puso fin a la transición y a la posguerra franquista: el 23 de febrero puso fin a la guerra.”

15. L’INSTANT, LA IMATGE. Pàgina 428

“Vuelvo a mirar la imagen de Adolfo Suárez en la tarde del 23 de febrero y, como si no la hubiera visto centenares de veces, vuelve a parecerme una imagen hipnótica y radiante, real e irreal al mismo tiempo, minuciosamente cebada de sentido: los guardias civiles disparando sobre el hemiciclo, el general Gutiérrez Mellado de pie junto a él, la mesa del Congreso despoblada, los taquígrafos y los ujieres tumbados en el suelo, los parlamentarios tumbados en el suelo y Suárez recostado contra el cuero azul de su escaño de presidente mientras las balas zumban a su alrededor, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos.”

16. UNA DEMOCRÀCIA VERTADERA: EL TRENCAMENT AMB EL FRANQUISME. Pàgines 432-434

“Aunque no tuviera la alegría del derrumbe instantáneo de un régimen de espantos, la ruptura con el franquismo fue una ruptura genuina. Para conseguirla la izquierda hizo muchas concesiones, pero hacer política consiste en hacer concesiones, porque consiste en ceder en lo accesorio para no ceder en lo esencial; la izquierda cedió en lo accesorio, pero los franquistas cedieron en lo esencial, porque el franquismo desapareció y ellos tuvieron que renunciar al poder absoluto que habían detentado durante casi medio siglo. Es cierto que no se hizo del todo justicia, que no se restauró la legitimidad republicana conculcada por el franquismo ni se juzgó a los responsables de la dictadura ni se resarció a fondo y de inmediato a sus víctimas, pero también es cierto que a cambio de ello se construyó una democracia que hubiera sido imposible construir si el objetivo prioritario no hubiese sido fabricar el futuro sino –Fiat iustitia et perea mundos*– enmendar el pasado: el 23 de febrero de 1981, cuando parecía que el sistema de libertades ya no peligraba tras cuatro años de gobierno democrático, el ejército intentó un golpe de estado que a punto estuvo de triunfar, así que es fácil imaginar cuánto tiempo hubiera durado la democracia si cuatro años antes, cuando apenas arrancaba, un gobierno hubiera decidido hacer del todo justicia, aunque pereciera el mundo. Es cierto que el poder político y económico no cambió de manos de un día para otro –cosa que probablemente tampoco hubiera ocurrido si en vez de una ruptura pactada con el franquismo se hubiera producido un ruptura frontal-, pero es evidente que en seguida empezó a someterse a las restricciones impuestas por el nuevo régimen, lo que al cabo de cinco años produjo la llegada de la izquierda al gobierno y desde mucho antes el inicio de la reorganización profunda del poder económico. Por lo demás, afirmar que el sistema político surgido de aquellos años no es una democracia perfecta es incurrir en la perogrullada: tal vez exista la dictadura perfecta –todas aspiran a serlo, de algún modo todas sientes que lo son-, pero no existe la democracia perfecta, porque lo que define a una democracia de verdad es su carácter flexible, abierto, maleable –es decir, permanentemente mejorable-, de forma que la única democracia perfecta es al que es perfectible hasta el infinito. La democracia española no lo es, pero es una democracia de verdad, pero que algunas y mejor que muchas, y en cualquier caso, por cierto, más sólida y más profunda que la frágil democracia que derribó por la fuerza el general Franco. Todo eso fue en grandísima parte triunfo del antifranquismo, un triunfo de la oposición democrática, un triunfo de la izquierda, que obligó a los franquistas a entender que el franquismo no tenía otro futuro que su extinción total. Suárez lo entendió en seguida y obró en consecuencia; todo eso que le debemos; todo eso y, en grandísima parte, también lo obvio: el período más largo de libertad de que ha gozado España en su historia.”

 

*Traducción libre: “que se haga justicia y que se acabe el mundo”.

2 Responses to LLIBRE. “Anatomía de un instante” de Javier Cercas (2009), sobre el 23-F de 1981 i l’actual democràcia espanyola

  1. Retroenllaç: TEMA Espanya. La transició a la democràcia (1975-1982) | HISTORIATA

  2. Retroenllaç: PARTICIPACIÓ. “Projecte per al Departament de Participació Ciutadana i per a fomentar i millorar la democràcia participativa a Alcoi” | HISTORIATA

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